LA INQUISICIÓN DEL SIGLO XXI
Voy a intentar ser breve procurando, eso sí, que no se puedan llegar a malinterpretar las palabras aquí expuestas. Como creador de esta página dedicada al cine y la historia, no debe extrañar si digo que estas son sin duda mis dos grandes pasiones. Es por ello, y dadas las últimas noticias que hemos podido observar estos días (y que por desgracia no son algo nuevo), me veo en la obligación de escribir estas líneas. Hoy me meto en un jardín y admito que odio tener que hacerlo.
UN PROBLEMA OCCIDENTAL, UN PROBLEMA DEL PRIMER MUNDO
De un tiempo a esta parte, sobretodo desde la llegada de internet y por motivaciones específicas y variadas que no voy a entrar a valorar, se están poniendo en el foco de la ira muchas obras que forman parte de nuestra historia y, por ende, de nuestra cultura. Literarias, fílmicas, pictóricas, arquitectónicas o escultóricas. Todo este linchamiento deriva de opiniones, muchas de ellas poco formadas e incluso infantiles, lo que hoy día se entiende como «ofendiditos» profesionales. Incapaces de mirar más allá de su sesgo, de informarse (y formarse) por su cuenta una opinión que no haga aguas por todos lados. Y no será por que a día de hoy no haya medios más que suficientes para hacerlo. En un mundo sensato esto no debería pasar de una mera anécdota, de las muchas que se pueden encontrar en las redes sociales. El problema llega cuando en lugar de usar la pedagogía, nuestros políticos, las editoriales e incluso las mismas productoras de cine, por citar algunos ejemplos, ceden ante el linchamiento, cuando no lo provocan, y acaban señalando y censurando en pos de su impostado «quedabienísmo» (y sí, igual me lo acabo de inventar).
Opiniones en las que predomina el pensamiento único del rebaño al que se cree pertenecer. Un maniqueísmo insufrible del conmigo en todo o automáticamente contra mí. La nula mirada crítica hacia aquello que nos complace ideológicamente y el ataque indiscriminado e irreflexivo contra aquello que percibimos como contrario.
EL DESCONOCIMIENTO
La historia jamás debe juzgarse con los ojos del presente, jamás. Las creencias, necesidades y mentalidad eran otras y poco a poco, con el paso de los siglos, estas fueron cambiando. Es innegable que ahora vivimos en un mundo más justo y más seguro aunque no es ni mucho menos perfecto. Esa historia debe analizarse a fondo para ser comprendida, sin dejarse llevar por la simplicidad. A ojos de hoy, no hay reino, imperio o líder que no tuviese sus claros y oscuros.
En mi artículo anterior EN NOMBRE DE LA FE hablé de la figura de Vlad Tepes. Un personaje que históricamente se puede entender como un sociópata de manual pero que sin duda fue un héroe nacional que contuvo a las fuerzas invasoras del poderosísimo ejército otomano.
La historia está para estudiarla, maravillarse (u horrorizarse) y comprender el presente. Lo único que puede cambiar al tirar (o retirar) una estatua y tratar con este acto de borrar el pasado es que un día nos encontremos huérfanos de conocimiento en una sociedad cada vez menos dispuesta a conocer su historia e indagar más allá del titular, ese titular corto y llamativo. Fácilmente digerible para mentes poco ejercitadas.
Así vemos como la imperiosa prioridad de algunos partidos en este país (para no irse muy lejos), es la de estar cambiando los nombres de las calles o acabar con, por ejemplo, la estatua de Cristóbal Colón (uno de los símbolos de Barcelona), tachándolo alegremente de genocida y quedándose más anchos que largos. En Mallorca hemos visto que se pide lo mismo para la estatua de Junípero Serra, un misionero franciscano que fue beatificado por su labor y al que ahora acusan, de nuevo sin ningún tipo de base, de ser un racista. Al otro lado del espectro encontramos como otro grupo político pide acabar con la estatua del califa Abderraman III, como si la influencia histórica y los avances tecnológicos y culturales que los árabes dejaron aquí fueran simples banalidades o algo que nos haya lastrado en algún aspecto. El mismo grupo pidió la eliminación de monumentos como el de La Pasionaria o el de Che Guevara, personajes que, aunque controvertidos, forman parte de la historia y todos deberían, al menos en mi mundo de luz y color, poder convivir y con ello darnos perspectiva sobre lo que hemos sido y lo que somos.
Todos esos representantes tienen, aparte de una visión populista y sesgada, un desconocimiento de la historia que resulta indignante sobretodo teniendo en cuenta la formación que se le presupone a unos dirigentes que a fin de cuentas son funcionarios públicos que viven de nuestro dinero.
La ignominia con la que se está hablando de algunos personajes históricos en otros países (además de las decisiones que se están llevando a cabo), especialmente en Estados Unidos, aparte de ser un escándalo que nos viene a demostrar el arraigo de la ignorancia a grandes rasgos es también algo muy peligroso, pues todo lo que sale de allí tiende a ser imitado más tarde en Europa y, por desgracia, no siempre se imita lo bueno. Véase lo sucedido con la estatua de Colón e Isabel la Católica en el Capitolio de California. ¿Alguno de ellos (los que piden su retirada) sabe que Isabel dictó un decreto en el año 1500 que prohibía la esclavitud de los indígenas y que estos debían seguir siendo los propietarios legítimos de las tierras en las que vivían antes de la llegada de los españoles? Sí, has leído bien, año 1500.
Afganistán, año 2001, los talibanes destruyeron unos budas gigantes esculpidos entre los siglos IV y VI, así como otras miles de figuras y templos de cuando el budismo era una religión creciente en la zona eliminando así siglos y siglos de historia. ¿Son pues nuestros dirigentes políticos unos talibanes? ¿Lo son ciertos movimientos? Perdón, pero es que es bochornoso.
Buscar un chivo expiatorio al que culpar de los males de la sociedad, ya sea para desviar la atención de su propia ineptitud o para despertar las más bajas pasiones y ponerse a la gente de su lado, es la herramienta perfecta que los reaccionarios de ayer y hoy utilizan para tocar la fibra de los ciudadanos. Simplifican los problemas (cuando no los crean ellos mismos) y se meten mediante discursos meramente emocionales a la gente en su bolsillo. Y hay para todos. Ya se sabe; «A río revuelto, ganancia de pescadores». Lo vemos cada día. Nada nuevo bajo el sol.
UN TIRO EN EL PIE
El arte tiende a ser la representación cultural y/o filosófica del momento. Cada obra realizada bajo un determinado episodio de la historia forma parte del mismo. Nos la explica y nos ayuda a comprenderla. Desde el arte rupestre hasta la música con sintetizadores que hoy es tendencia. Son la representación de la sociedad en la que vivimos. Por ejemplo: ¿Cómo explicar la invasión napoleónica sin las pinturas de Goya? Por supuesto que ninguna obra está exenta de crítica y cada una de ellas cuenta con efecto de causa natural. Ya sea este positivo o negativo. Los artistas siempre han tenido un contrapeso que iba más allá de los dictados del poder, pero cuando es el arte quien pide la censura y la ejerce sobre sí mismo lo único que consigue es amoldarse sobre ese pensamiento único que flaco favor hace a su propio cometido. A ver, esto siempre ha pasado, en mayor o menor medida, pero ahora alcanza cotas que resultan vergonzosamente ruborizantes y alejan muchísimo más la figura del artista a la del pensador (o como gusta decir, del intelectual).
¿Cómo explicar la invasión napoleónica sin las pinturas de Goya?
Como le leí a un famoso pensador que tengo el placer de seguir. Estamos ante la dictadura de las minorías intransigentes y las mayorías demasiado tolerantes con las intransigente. Y así acabamos viendo a creadores que reniegan de sus propias obras, museos que prohíben cuadros, editoriales que prohíben libros o productoras que prohíben películas.
Hace poco fui conocedor de un listado de películas y series malditas, sobretodo clásicos, que algunos han puesto en la picota y aún no salgo de mi asombro y me ha dejado bastante preocupado. El más famoso, y el único ejemplo en el que me voy a detener, ha sido el de Lo que el viento se llevó, película de 1962, repito: MIL NOVECIENTOS SESENTA Y DOS, dirigida por Victor Fleming. Un drama histórico que cuenta la vida de una familia propietaria de una plantación al sur de los Estados Unidos durante la guerra civil. Debido a las protestas raciales acaecidas estas últimas semanas, algunos la han tomado con la película acusándola de racista. Tras esto, la plataforma donde se encontraba ha decidido cortar por lo sano y eliminarla. Vamos a ver, en los años 60, Estados Unidos era un país infinitamente más racista que hoy, esto es un hecho, la película además está contada desde la perspectiva de una adinerada familia sureña que, siguiendo el rigor histórico, tenía a esclavos trabajando en sus tierras. ¿No podemos verlo simplemente como lo que es? ¿No podemos contextualizar de forma lógica la época en la que se rodó el filme y la época en la que se desarrolla la trama del mismo? No, parece que es mejor censurar una obra que para muchos está considerada como una de las diez mejores películas de la historia. Algo que no se suele tener en cuenta es que los tiempos cambian para todo, y lo que hoy nos parece normal, incluso correcto, es posible que a los nacidos dentro de 200 años les pueda parecer algo aberrante. Por ello es imperante educar a la sociedad en como debe de enfocar su crítica y enseñarle a ver las cosas con gran apertura de miras.

Lo peor de esta anécdota es que fue John Ridley, guionista del filme Doce años de esclavitud, película de 2013 dirigida por Steve McQueen (no confundir con el actor), quien pidió su retirada. No digo que lo haya hecho a mala fe, pero me inquieta ver a alguien de la industria pidiendo la censura de una película en lugar de simplemente analizarla y exponerla como él crea conveniente.
Habiendo estudiado un poco la figura del valiente y conciliador Martin Luther King, pionero en la defensa de los derechos civiles y al que asesinaron vilmente por ello, me extrañaría mucho que este defendiera ciertos actos o ciertas líneas del discurso que hoy en día parece estar en boga.
Algo que no se suele tener en cuenta es que los tiempos cambian para todo, y lo que hoy nos parece normal, incluso correcto, es posible que a los nacidos dentro de 200 años les pueda parecer algo aberrante.
Ni tan siquiera estamos hablando de El nacimiento de una nación, un filme de 1915 dirigido por David Wark Griffith. Película, ahora sí, abiertamente racista pero que sin embargo es básica para estudiar el lenguaje cinematográfico y cuyo director está considerado el precursor del cine moderno. Es por ello que hay que ver las cosas como lo que son, analizando todos sus factores y no dejarse llevar solamente por cuestiones emocionales.
No es la primera vez que pasa. Quizás algún día escriba sobre personajes como el grandísimo director Michael Haneke, del otro gran (y controvertido) director Lars von Trier, de Woody Allen o de la polémica en 2010 con la película de Srdjan Spasojevic, A Serbian Film.
DEJARSE LLEVAR O IR CONTRA LO ESTABLECIDO
Año 1633, el juicio a Galileo Galilei. La inquisición acusó al científico de apoyar el modelo heliocéntrico (ese que dice que la tierra y los planetas giran alrededor del sol) que había sido propuesto anteriormente por Copérnico. Aquello iba en contra de los dictados eclesiásticos y en consecuencia era una afrenta a la voluntad de Dios. Así que fue arrestado y castigado.
En 1933, la quema de libros propiciada por el partido nazi. No era la primera vez que algo así sucedía. Se trataba de libros escritos por autores judíos o simplemente considerados «antialemanes». La turba fanatizada apareció cargada de obras y les prendió fuego en enormes hogueras. Alemania venía de perder la primera guerra mundial y fue sometida a un escarnio político y económico que sirvió de caldo de cultivo para justificar el ascenso al poder de una ideología que se creyó con la potestad de cometer las barbaridades que posteriormente se llevaron a cabo.
Desde 1934 a 1967, estuvo en vigor el denominado Código Hays. No tenía desperdicio. Todo tema tratado en los filmes realizados en esta época, debían seguir unas pautas específicas. Cada acto impuro, blasfemo o considerado inmoral tenía que ser tratado de forma explícitamente peyorativa. El mal debía ser visto como mal y siempre juzgado con su respectiva moraleja que nos aventuraba a entender que seguir esos caminos sólo nos llevaría al desastre. Durante su implementación y en plena guerra fría se llegó a acusar a diversos autores, actores o guionistas de ser simpatizantes, si no directamente agentes infiltrados, del régimen comunista.
La maravillosa obra de William Wyler de 1959, Ben-Hur, fue un ejemplo de como los directores y guionistas consiguieron saltarse la censura insinuando de forma muy inteligente la homosexualidad de Messala. Algo que escondieron al mismísimo Charlton Heston, que ni por asomo tragaría con ello. Puedes imaginar la sutilidad con que lo hicieron.
En España, durante el Franquismo, se impuso un aparato censor férreo que afectó a todas las obras creadas en el país y por supuesto a las que llegaban desde el extranjero. El filtro era claro, igual que en el caso anterior, toda aquella obra que fuese contraria (o crítica) con los valores nacionales, religiosos o consideradas inmorales debía ser prohibida o adulterada (mediante el doblaje o la eliminación de escenas en el caso del cine). El aparato censor revisaba cada obra que se hacía y era la picaresca del autor la que se encargaba de sortearla.
Llegó la democracia, y con ello la libertad para hacer prácticamente de todo. En España hubo una explosión artística sin precedentes. El llamado destape y el poder hablar y tratar abiertamente casi cualquier cosa. Hoy podemos decir que, aunque con aquel pretexto se realizaron obras que en muchos casos rozaban lo burdo, hoy directamente serían recibidas a pedradas. Hemos retrocedido bastante.
Recomiendo ver «Sesión Salvaje» (2019). Un documental de Julio César Sánchez y Paco Limón en el que abordan este tema. Un documental que llega a nombrar uno de los temas más tabú en al industria cinematográfica española, la ley Miró.

La película del año 2019 de Alejandro Amenábar, «Mientras dure la guerra» trató de enfocar de una forma más o menos ecuánime (y más o menos acertada) los acontecimientos que precedieron a la guerra civil española. Algunas reacciones a la obra fueron un boicot, con irrupción a una sala de cine incluido, por parte de colectivos vinculados a la extrema derecha y la crítica feroz y casi un ostracismo pactado por parte de la izquierda cultural. Y menos mal que era una película de Amenábar.

Hay miles de ejemplos. El problema de hoy es que es la misma gente (reflejo de nuestra clase política) la que desde un halo de falsa superioridad intelectual se cree con poder de censurar, prohibir o destruir, que no criticar, parte de nuestras obras, historia o cultura. Sintiéndose amparados, ya que en muchísimos casos cuentan con apoyo institucional o de grupos de presión que no buscan más que su propio beneficio y notoriedad, se intenta coartar la libertad de pensamiento y creativa convirtiendo en un apestado al disidente de lo que se considera corriente popular. Y aunque en su mayoría sea mero «postureo» del cual (y esto es muy preocupante) creen estar obligados a ser partícipes, aunque hoy sea una cosa, mañana otra y pasado otra más que resulta ser un oxímoron de la primera, las consecuencias pueden acabar siendo nefastas para todos.
OFENDIDO ME HALLO
Hay que defender la libertad de pensamiento y libertad creativa del autor contemporáneo, ambas en grave riesgo, de hecho la libertad de expresión en su conjunto está en peligro. Veamos, no se trata de amparar ideas que puedan resultar dañinas para un grupo o colectivo concreto. Se trata de «permitir» (y ojo que lo entrecomillo) que estas puedan exponerse (a poder ser bajo una reflexión exhaustiva, no sesgada y contrastada) y que las mismas puedan ser juzgadas, criticadas y respondidas fomentando así el debate intelectual. Es así como se puede mejorar como sociedad y no censurando. No contrastar y tratar de prohibir algo solamente incrementa el tono y los problemas, pues radicaliza las posturas. Entender al otro no implica estar de acuerdo con él. ¿Tan difícil es? En una sociedad cada vez más polarizada parece que si.
Estamos en un momento histórico en que no se puede discrepar del dogma imperante, ni tan siquiera con los datos en la mano o mostrando obviedades tales como que el agua moja y donde hasta el humor está en grave riesgo (siempre y cuando ofenda a quién no deba, claro). Y es entonce cuando el mito de la caverna deja de ser un mito. Y, creo, que esto solamente se arregla tratando de educar en el criterio propio, en que la gente y en especial los más jóvenes se planteen preguntas y no den todo por seguro, y que de ahí puedan salir nuevas preguntas o ideas, ideas que también puedan ser rebatidas, por supuesto. Pero esto no interesa, esto no es cómodo, no es simple.
Ya he comentado que no hay obra que esté exenta de crítica. En caso de que, por ejemplo, una estatua colocada en suelo público te incomode, puedes hacerlo saber. Eso sí, estudiando antes al personaje o el momento histórico que allí esté representado y con ello elaborar una opinión bien construida. Y ojo, he hablado de algo de carácter público, es decir, de todos. Puedo entender entonces que eso se llegue a debatir siempre y cuando se respeten las partes y la crítica se haga de forma no sesgada y no por mero capricho ideológico. Pero si lo que te ofende es una obra, ya sea una película o un libro, por citar dos ejemplos, elabora tu propia crítica, exponla señalando lo que creas necesario, pero sin censurar, sin intentar prohibir, no se debe en ese círculo vicioso. Hay que analizar sin caer en la simplicidad y reflexionar sobre los porqués de la misma. En que momento fue creada, cuál es realmente su intención, cuál es el contexto en que se desarrolla, a qué público va dirigida, y así un largo etcétera.
Es muy triste ver que hoy es mejor callar para así evitar ser señalado con alguno de los terribles adjetivos de moda que, por cierto, de tanto usarse acabarán por no tener valor alguno. Pero aún puede ser peor, puede que te metan en el follón y acaben llamándote equidistante. Ahí ya te llueven hostias de todos lados. Ya que, a día de hoy, existen obviedades que simplemente no se pueden decir, punto. Así como hay controversias que simplemente no se pueden tratar. Punto y final. A no ser que estés dispuesto a posicionarte claramente, entonces sí que vas a tener tu público y tu aplauso asegurado, pero no se te ocurra jamás discernir en algún punto con dicho público o estarás escribiendo las primeras letras de tu epitafio social. Vamos, un disparate. Menuda visión que tenía el amigo Orwell.
Y miedo me da pensar, y debería dárselo también a todo aquel que se defina como defensor de la libertad de pensamiento y creativa, en esa desacomplejada tiranía popular que, desde un lado u otro del espectro político, acaba intentando dinamitar absolutamente todo lo que no le gusta. Aunque las excusas utilizadas para hacerlo sean las estupideces más grandes jamás dichas. Pues parece que ya todo vale y la opinión de un «tuitero» obtuso, que escribe gilipolleces mientras aprieta su esfínter en el cagadero, tiene tanto valor como la del mayor experto de cualquier materia conocida.
Termino diciendo que todo movimiento bienintencionado, pacífico y sostenido en pos de la libertad y la igualdad debe ser respetado e incluso apoyado, pero recuerda que (y mira que está manido esto); tu libertad termina cuando esta pasa por encima de la de los demás. Hacerse preguntas, reflexionar, debatir y dialogar. Con el ojo por ojo, solamente acabaremos todos ciegos.
En fin, termino ya esta reflexión y me voy por ahí con la sensación de, quizás, haber redundado demasiado pero con la conciencia algo más tranquila. Besitos.




Un artículo muy acertado.
¡Muchísimas gracias! Necesitaba soltar todo esto. 🙂
Completamente de acuerdo contigo, un artículo muy interesante, a ver si toman nota los ilustrados